martes, 30 de junio de 2015

EL CAMINO HACIA LA HIPERINFLACIÓN

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en EL MUNDO ECONOMÍA Y NEGOCIOS el día 25 de junio del 2015)


Si hay déficit fiscal, es decir, si el gobierno está gastando  sustantivamente más de lo que recibe por concepto de ingresos fiscales, tiene que sacar de algún lado esa diferencia entre ingresos y gastos.

Esto no es muy diferente a lo que le sucedería a cualquier familia: si los gastos durante un período determinado son mayores que los ingresos tiene que pedir prestado -  lo cual implica que en el futuro cercano  tiene que disminuir sus gastos para poder pagar lo adeudado- o tiene que gastar los ahorros que tenía guardados para las vacaciones o para comprarse un carro nuevo – lo cual es una alternativa que no puede aplicarse eternamente, pues los ahorros terminan por agotase. Si esa familia insiste en tener un ritmo de gastos que supera a sus  ingresos se puede volver a endeudar, mientras tenga alguien que le preste, o puede seguir gastándose los ahorros, mientras estos alcancen. Pero llegará un  momento en que los acreedores exigirán el pago de lo prestado, y/o en que los ahorros habrán llegado a cero. No hay en ese  momento triste más  alternativa que apretarse el cinturón.    

Cuando el gobierno es el que está gastando más de lo que son sus ingresos, puede endeudarse, o puede gastar los ahorros que le puedan haber quedado de período anteriores. Pero tarde o temprano se le presentan los mismos problemas que a la familia de párrafo anterior: las deudas llega un momento en que hay que pagarlas, y los ahorros llega un  momento en que se agotan.  Si esas fueran todas las alternativas,  se haría obligatorio para el gobierno reducir los gastos para eliminar el déficit.

 Pero el gobierno tiene alternativas que no las tiene cualquier familia: el gobierno le puede pedir dinero  prestado al banco central y pagarle con papeles en que reconoce la deuda, pero está claro desde el principio, para todos, que esa deuda nunca se pagará. El banco central imprime billetes y se los pasa al gobierno. Esto es lo que en la jerga de los economistas  se llamaría monetizar el déficit. Esto implica que la acción conjunta del banco central, imprimiendo, y el gobierno, gastando, genera inescapablemente tendencias inflacionarias en el seno de la economía nacional, pues los medios de pagos aumentan más rápidamente que los bienes y servicios disponibles en los mercados.

Al período siguiente el gobierno no tiene ninguna obligación de reducir sus gastos y tiene fuertes presiones para que los aumente, pues los bienes y servicios que tiene que comprar habitualmente para llevar adelante las tareas y funciones que le son propias, tienen ahora mayores precios en el mercado. Los gastos han aumentado, por lo tanto, con respecto al período anterior, y los ingresos, especialmente los ingresos tributarios,  se mantendrán como antes o aumentarán muy lentamente, pues la tributación suele tener, como base de cálculo,  los procesos económicos, y por ende los precios,  de  un período anterior. Todo esto implica que el saldo entre ingresos y gastos se hace mayor, y si el gobierno no reacciona disminuyendo sus gastos o incrementando sus ingresos, el déficit fiscal se hará mayor. Pero eso no es  un problema, pues el banco central volverá generosa y alegremente  a monetizar el déficit.

Si toda esta secuencia de acontecimientos se repite durante  varios años consecutivos, el déficit fiscal se irá haciendo cada vez más elevado, lo cual obligará a crecientes dosis de nuevos medios de pagos que se crearán en la medida precisa en que el gobierno los necesite. Todo ello induce niveles de inflación cada vez más elevados.  Más aun, en la medida en que el gobierno se acostumbre a gastar cuanto quiera -sabiendo que siempre el banco central emitirá la cantidad de dinero que sea necesaria para cerrar la brecha fiscal - entonces no hará esfuerzo alguno por reducir el gasto y el déficit. Todas estas son las condiciones perfectas para generar una hiperinflación. Todo esto se incrementa si los funcionarios públicos - militares incluidos- son parte importante de la base electoral del gobierno y hay que subirles periódicamente sus remuneraciones y/o si los procesos electorales cercanos obligan al gobierno a la política del “todo vale”, lo cual implica incrementar los gastos sin medida ni control alguno.  

Nada de esto sucedería si el banco central tuviera prohibición de financiar los déficit  fiscales - o lo que es lo mismo, prohibición de otorgarle créditos al gobierno. Así sucede en la mayoría de los bancos centrales de América Latina y así estaba anteriormente escrito en la ley que regía al Banco Central de Venezuela. Pero esa ley se modificó precisamente para permitir que suceda lo que hemos venido narrando en los párrafos anteriores. También podría suceder que el banco central - aun cuando no le estuviera expresamente prohibido prestarle fondos al gobierno - se tomara en serio esa obligación legal de defender el valor de la moneda nacional.  Eso debería llevar a que el banco central desplegara todas las herramientas necesarias para detener la inflación, incluido el cerrar la chorro de fondos que se crean para traspasárselos al gobierno y que jamás volverán a las arcas  del banco central.

El sector privado de la economía participa, a su vez,  en el proceso inflacionario, debido a que debe atender las muy legítimas presiones salariales y los mayores costos de insumos y materias primas – nacionales e importadas. Todo ello presiona para  incrementos de precios, no solo para cubrir los costos más elevados - de acuerdo a la inflación del pasado reciente - sino para cubrir el costo de reposición de los insumos y materias primas - de acuerdo  a las previsiones sobre la inflación del futuro cercano -  que son mayores aun.
Caer en una hiperinflación no es difícil. Basta una cuota de ignorancia, de improvisación, de irresponsabilidad y de temor a dejar el poder. Salir de la hiperinflación es lo realmente difícil.
sergio-arancibia.blogspot.com




jueves, 25 de junio de 2015

LA DIPLOMACIA ECONÓMICA

(Articulo de Sergio Arancibia publicado en la edición digital de TAL CUAL el día 25 de junio de 2015.)


A raíz del ataque a los senadores brasileños que intentaban llegar a Caracas muchos venezolanos y brasileños desean o esperan que el Gobierno de la Presidente Rouseff asuma una posición más dura frente al Gobierno venezolano. Sin embargo, es muy difícil que ocurra algo más que una tibia protesta diplomática del gobierno brasileño, y ambos gobiernos verán la forma de echarle tierra al asunto lo más rápidamente posible. Es muy difícil que pueda ser de otra forma. Y las razones de ello hay que buscarlas fundamentalmente en al ámbito económico.
Brasil le vende poco más de 4.600 millones de dólares a Venezuela, según datos del año 2014.  Nadie puede pensar que Venezuela le compra tan grandes cantidades a Brasil  porque sus productos son los mejores del mundo y/o porque tienen los mejores precios. Nadie podría tampoco pensar que las relaciones comerciales serian iguales, cualquiera que sea la relación política que exista entre los respectivos gobiernos. Las cosas no suceden así en ninguna parte del mundo y menos en un país como Venezuela que tiene un grado tal alto de control sobre el funcionamiento de su comercio exterior. El día que Venezuela quiera puede decidir que las cosas que compra en Brasil se pasen a comprar en algún otro país del planeta. Basta con que en el seno de los ministerios que llevan adelante las grandes importaciones de alimentos se descubra que la soya o la carne brasileña pueden ser sustituidas por los mismos productos procedentes de otros países que por alguna razón pasen a ser más  simpáticos. O puede suceder que  las solicitudes de divisas realizadas por importadores privados para realizar compras en Brasil empiecen a ser objeto de inexplicables demoras. O que las empresas brasileñas que operan en Venezuela empiecen a tener inexplicables demoras en la obtención de dólares para remesar las utilidades que han obtenido por su actividades en el país. O que la empresas brasileñas que tantos contratos ganan en el campo de la obras públicas que se realizan en Venezuela empiecen a perder las nuevas licitaciones  o incluso sean alejados de las  viejas.
Dilma Roussef - o incluso el propio senador Neves, en el caso de que hubiera logrado ser electo como presidente del Brasil - no pueden permitir que una parte considerable de ese comercio con nuestro país,  y de esas inversiones realizadas en Venezuela, se deterioren o se pierdan. Menores exportaciones a Venezuela significan menor producción y menor empleo en Brasil. No se puede pensar que esas mercancías puedan, de la noche a la mañana, encontrar otros compradores en América o en el mundo. Eso cuesta mucho tiempo y esfuerzo y más aun en estas épocas de crisis. Así que aun cuando tengan muchas ganas de decir cuatro verdades al Presidente Maduro, tienen que quedarse callados por la fría realidad de sus intereses económicos. Les ha costado mucho tener la presencia que tienen en este mercado como para venir a sacrificar todo aquello por un arrebato de rabia o de dignidad. La política, la diplomacia y el comercio se hacen  así en el mundo contemporáneo, aun cuando no nos guste.




jueves, 18 de junio de 2015

LA MENTIRA TIENE LAS PATITAS CORTAS

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición digital de TAL CUAL el día 18 de Junio de 2015.)


 Todos quienes vemos televisión en Venezuela hemos tenido obligatoriamente que ver, en varias oportunidades, una propaganda gubernamental en la cual se dice que en 1998 había en el país un 80 % de la población con acceso al agua potable, y que ese porcentaje aumentó al 95 % en el 2014 gracias a la revolución bolivariana.

La Comisión Económica para América Latina, CEPAL, organismo dependiente de Naciones Unidas, publica anualmente cifras sobre el desarrollo económico y social de la región. En su Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2014 da a conocer las cifras que ellos avalan sobre el porcentaje de la población que recibe agua por tubería, que es un concepto que podemos suponer, en primera instancia, similar al que maneja el gobierno. Según dicha publicación en el año 2.000 había en Venezuela un 93.1 % de la población que recibía agua por tubería. Es prácticamente imposible que se haya pasado desde el 80% que dice el gobierno que recibía agua potable en 1998 al 93.1 % que postula la Cepal para el año 2000. En dos años no puede haber tenido lugar un avance tan rápido. Si eso hubiera sucedido se habría sabido en Venezuela y en el mundo. También la Cepal postula que en el año 2013 – último año para el cual publica cifras el organismo mencionado- el porcentaje de la población que recibe agua por vía de tubería alcanza al 95.3 %. Es decir, que en 13 años, según Naciones Unidas, el porcentaje de la población que recibe agua por la vía de tubería aumento en 2.2 %. Se trata de un aumento que implica mejores condiciones de vida para un 2.2 % adicional  de la población venezolana, lo cual hay que verlo indudablemente como un hecho positivo. 

Quizás con el chorro de dólares que el gobierno recibió en ese período de tiempo se podría  haber hecho mucho más, pero algo es algo. Hay que decir, en todo caso, que recibir agua por tubería no significa recibirla al interior de la casa habitación, ni recibirla todos los días. Se incluye en ese porcentaje a las familias que tienen que llevar el agua en recipientes desde una pila de agua cercana. Pero en todo caso no tienen que sacar el agua de un rio, ni acumular agua de lluvia.  El aporte de la revolución bolivariana, si le creemos a la Cepal, es de un 2.2 % más de población con agua potable, y no el 15 % que postulan los publicistas del régimen.

Pero hay otros datos importantes que están presentes en el  Anuario Estadístico  2014 de la Cepal. En el mismo período que va del 2.000 al 2.013  Brasil, sin revolución bolivariana, pasó de 83.1 % de la población con agua por tubería a un 90.3 % de la población. Es decir, avanzó 7.2 % desde el 2.000 al 2.013. Avanzó mucho más rápido en ese importante aspecto social que los recientes gobiernos venezolanos. Chile, otro país que nada tiene en común con el régimen político imperante en Venezuela, avanzó desde el 93.4 % de la población con agua por tubería, en el año 2000,  al 97.8 % en el año 2013.  Un avance de 4.4 %. Es decir, el gobernó actual de Venezuela y el anterior, no han logrado avances sociales que destaquen en América Latina por su rapidez o por su profundidad. Han avanzado, como han avanzado varios otros países de la región, pero no más rápido que ellos. En lo que sí parecen batir records es en la capacidad para inventar cifras y logros que pueden ser rápidamente desmentidos. Pero el común de los televidentes no se preocupan de analizar las cifras verdaderas. Hacia ellos van dirigidas, por lo tanto, esos mensajes publicitarios que no se compadecen con la cifras más fidedignas disponibles en la región. A ellos, según los publicistas del régimen, algo les queda. 
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miércoles, 17 de junio de 2015

SE NECESITAN CAMBIOS

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en EL MUNDO ECONOMÍA Y NEGOCIOS el día 17 de Junio de 2015)


Quizás una de las pocas cosas en que todo el país está de acuerdo es en que la economía nacional no puede seguir como está, ni puede seguir caminando en la dirección en la cual camina.

El país no puede seguir con el déficit fiscal que presenta actualmente, ni con la emisión  monetaria que lleva adelante el Banco Central. Eso solo conduce a niveles crecientes de inflación. Eso se sabe que es así en cualquier parte del mundo. Una inflación cercana a los tres dígitos hace que nadie tenga confianza en la moneda nacional y, por lo tanto, nadie ahorre en bolívares. Los que solo pueden consumir, consumen tanto como pueden, comprando incluso ahorita lo que van a consumir el próximo mes, o comprando lo que encuentren con fines de trueque familiar, vecinal o de ventas en pequeña escala con toda la ganancia que se pueda, pues todos los datos del mercado pueden variar la próxima semana. Ningún agente económico trabaja con un horizonte superior a 15 días. Los que tiene  alguna capacidad de ahorro compran departamentos -  aun con bastante miedo a que se los expropien – y compran dólares, que es otra forma de asegurar una cierta reserva patrimonial. La unidad monetaria nacional, que se supone debe cumplir las  funciones convencionales del dinero, no funciona como unidad de cuenta, pues un bolivar de hoy no es lo mismo que un bolivar de una semana antes ni  de una semana después. Tampoco funciona como depósito de valor, pues el valor de esa unidad monetaria se deteriora día a día, y un ciudadano tendría que ser absolutamente loco para descansar, en lo que respecta a su futuro y el de su familia, en sus posibles depósitos periódicos en bolívares.  El bolivar funciona cada vez menos como unidad de cambio, pues la gente va lentamente virando hacia el dólar para transar una cantidad creciente de bienes y servicios. Si el bolivar va lentamente abandonando las cualidades propias del dinero, la economía se queda sin una unidad de cuenta en la cual llevar adelante lo que se denomina el cálculo económico: no es posible calcular la racionalidad de las decisiones económicas - tanto de los consumidores como de los inversores - pues se rompen los mecanismos convencionales a través de los cuales se jerarquizan situaciones y opciones económicas. La economía sigue funcionando, la gente sigue comprando e incluso invirtiendo, pero lo hace al ojo, con el corazón, con la intuición, sin poder utilizar los instrumentos que la economía ha venido desarrollando a lo largo de los siglos para otorgarle ciertos grados de racionalidad a las decisiones de los agentes económicos. Algo tan fácil en otras circunstancias como decidir sobre los ingresos futuros provenientes de  dos inversiones posibles, no tiene ahora base real alguna, pues nadie tiene un horizonte más allá de dos semanas, y nadie sabe las originalidades que en ese campo van a inventar quienes dirigen la economía nacional. Solo funciona  el “ahí vamos viendo”, o el “agarre aun cuando sea  fallo”, lo cual no solo deteriora el tejido económico del país sino que incluso su tejido moral. Pueden dar mil explicaciones: que todo eso es consecuencia de la guerra económica, o de la perversidad del imperio, o de un dios al cual se invocó para que proveyera y no ha querido proveer nada, pero lo cierto es que el país no puede seguir así.

En materia cambiaria los famosos, pintorescos y tropicales  cuatro tipos de cambio – que no existen y no funcionan como tal en ninguna parte del mundo-  solo conducen a escasez de dólares, a escasez de mercancías, a fabricas paradas por ausencia de repuestos materias primas  e insumos y al desarrollo de mil ingeniosidades - por llamarlas de alguna forma -  para obtener dólares baratos. Eso se puede justificar en determinadas circunstancias como una opción desesperada que se puede extender por unos pocos meses, mientras se decide, se crea o se organiza un sistema más racional, pero como sistema permanente sencillamente no funciona. No funciona ni ha funcionado en ninguna parte del mundo, y en Venezuela, como no podría  ser de otra forma, también a demostrado que no funciona. Cuando el país tenía muchos dólares, pues el barril  de petróleo estaba con un precio internacional superior a cien dólares, el control de cambios era un mecanismo que permitía asignar premios, pagar favores y ganar adhesiones sin perjudicar demasiado a los que no salían directamente favoridos. Pero en situación de vacas flacas, el seguir repartiendo los dólares en base a criterios que no son del todo transparentes implica sacrificar sectores productivos enteros y generar por largo tiempo anaqueles vacios en los supermercados, con el consiguiente desarrollo del bachaqueo y del mercado negro. Esa situación no puede continuar. No es una situación sostenible. Ningún país puede funciona así a mediano plazo.  Tienen que haber cambios. En alguna dirección, pero tienen que haber cambios.

Tampoco el país puede funcionar por más  tiempo con gasolina prácticamente regalada, subvenciones a muchos productos, empresas estatales que no producen, controles de precios, permisos de todo tipo hasta para mover un saco de papas desde el productor al mercado, amenazas a todos los agentes económicos, guerras ficticias, diálogos que no son tales, etc. Eso no funciona. Sencillamente no funciona. Cada una de esas cosas – y más aun todas juntas - terminan mal. Se necesitan cambios.

El país no puede quedar paralogizado a la espera de una eventual alza en los precios del petróleo - que venga a salvar la situación y permitir que la fiesta se reanude - ni puede quedar a la espera de inversiones extranjeras rusa o chinas, que son tan cuidadosas -por decir lo menos -  como cualquier inversión de  cualquier parte del mundo. El internacionalismo proletario y la solidaridad tercermundista se terminaron hace tiempo.

Se necesitan cambios. La ciencia económica, la historia, el sentido común  y el clamor de la calle, indican claramente que la situación actual de la economía nacional no funciona. Por ello, la parálisis del gobierno, que no toma medidas en ningún sentido, es lo peor de todo lo que le está sucediendo al país.   
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jueves, 11 de junio de 2015

MUCHO ORO: TREMENDA GRACIA

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición digital de TAL CUAL el día 11 de junio de 2015.)


Venezuela es uno de los países que tiene mayor porcentaje de sus reservas internacionales bajo la forma de oro. Alrededor del 70 % de las reservas internacionales del Banco Central de Venezuela – que es el organismo encargado de mantener esas reservas – están constituidas por oro. Ningún otro país en América Latina tiene un porcentaje tan alto  de sus reservas bajo la forma de un solo tipo de activo. México, por ejemplo, tiene  el 2.4 % de sus reservas bajo la forma de oro, Brasil el 0.7 %, Argentina el 7.6 % . ¿Sera que todos los países de nuestra América Latina no se han dado cuenta de lo bueno que es tener las reservas bajo la forma de oro? ¿Será que no han mirado para el lado de Venezuela para darse cuenta de lo bien que le va  a este país con su política monetaria y su política de reservas internacionales? ¿O será que el equivocado es Venezuela, y que tener un porcentaje tan alto de las reservas internacionales bajo la forma de oro no es un buen negocio?

Hace 100 años atrás hubiera lucido muy bien que un país cualquiera tuviera altas reservas internacionales bajo la forma de oro. Hace 100 años atrás el oro era el respaldo que tenía una moneda en al ámbito nacional e internacional. El sistema monetario que imperaba internacionalmente se denominaba precisamente el sistema patrón  oro. Pero hoy en día las cosas ya no son así. Las monedas no necesitan estar respaldadas por oro. Ninguna. Ni siquiera el dólar, que se supone una  moneda bastante demandada a nivel internacional tiene respaldo en oro.

Los países, todos los países, necesitan mantener reservas internacionales, para efectos de llevar adelante sus operaciones habituales o normales de compra venta internacional. En otras palabras, necesitan tener caja con la cual hacer los pagos que le son habituales o normales al país, de acuerdo a sus compromisos internacionales.  Las reservas no son para tenerlas en la vitrina, ni para pavonearse con ellas, ni para suponer que son una suerte de rostro del país, ni son el ahorro del país. Nada de eso. Pero es necesario y es útil tener reservas internacionales. 

El que no tenga reservas internacionales suficientes puede quedarse cualquier día sin poder pagar sus deudas o sin poder comprar los bienes y servicios que necesita para mantener la economía de su país en funcionamiento. Pero al mismo tiempo que las reservas son útiles y prestan un alto servicio al país, también hay que tener en cuenta que tener reservas tiene un costo.  Esos costos vienen por dos vías. Por un lado, porque si las reservas se tienen empozadas en el Banco Central, y no se tienen depositadas en un banco que ofrezca una tasa de interés por esos activos, se está perdiendo de ganar esa tasa de interés. Eso por un lado. Por otro lado está el hecho de que las reservas están constituidas por diferentes activos –dólares, euros, yenes, oro, títulos, bonos, etc. – y estos activos cambian de valor día a día. No tienen un valor fijo, sino que cambian de acuerdo a como se mueve el mercado internacional de divisas. Eso implica que el valor del dólar medido en euros puede bajar o subir, o que el valor del oro medido en dólares puede bajar o subir, o que el euro medido en yenes puede subir o bajar, etc. Si el dólar baja, y un Banco Central tiene todas sus reservas en dólares, ese Banco Central  sufre una pérdida. Sus activos pasan a  valer menos. Por eso los bancos centrales suelen tener sus reservas bajo varias formas al mismo tiempo. Una parte en dólares, otra parte en euros, otra parte en yenes, otra parte en oro, etc. Si el dólar cae, eso significa que el euro sube. Si un Banco Central tiene la mitad de sus activos en dólares y la otra mitad en euros, entonces la mitad de sus activos pasa a tener menos valor y la otra mitad pasa a tener más valor, con lo cual lo más probable es que dicho Banco Central ni pierda ni gane. Si un Banco Central tiene gruesa parte de sus reservas en oro, y el oro pierde valor en el mercado internacional  - como de hecho ha venido sucediendo en los últimos dos años – entonces la perdida de ese Banco Central no tiene compensación alguna. Pierde y punto. Por eso los bancos centrales de América Latina no tienen  tanto oro en sus reservas, y tienen éstas compuestas por varias de las diferentes monedas de reserva existentes en el ámbito internacional. Venezuela puede tener sus reservas bajo la forma que quiera. Eso es parte de la soberanía. Pero hay originalidades de las cuales no es bueno  jactarse internacionalmente, pues sus vecinos si saben de esas cosas, y se sonreirán levemente cuando los escuchen.
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miércoles, 10 de junio de 2015

UN EJERCICIO DE ECONOMÍA FICCIÓN

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en EL MUNDO ECONOMÍA Y NEGOCIOS el día 10 de junio de 2015)


Así como existe la ciencia ficción y la literatura de ficción, también es posible incursionar en la economía ficción y en el periodismo de ficción,  que serían géneros literarios y periodísticos que tendrían la única y gran ventaja, para quienes los practiquen, de reducir las posibilidades de ir preso cuando se metan en temas muy conflictivos.

Entrando en ese terreno podemos partir por suponer que existen dos países vecinos. En uno de ellos - que podríamos llamar  Vencer –existe  un severo control de cambios que coexiste con una alegre emisión de  moneda local, lo cual genera obviamente una elevada inflación y una  depreciación casi diaria de esa moneda sobre producida.  En el otro país, llamado Colon, existe libertad de cambio y cualquier ciudadano puede comprar dólares a un precio de mercado que corresponde más  o menos a lo que los economistas llaman una flotación sucia. Agreguemos a todo ello que no es difícil para los ciudadanos de Vencer viajar a las ciudades fronterizas de Colon y tratar allí de comprar dólares con la moneda nacional de Vencer. Para hacer una compra de esa naturaleza no es indispensable transportar hacia Colon ni un solo billete ni moneda de Vencer. Basta con tener en Vencer una o más cuentas bancarias sobre  las cuales se pueda girar o hacer transferencias en forma electrónica. En los primeros contactos  es posible que las transacciones tengan que hacerse en billetes propiamente tales, pero eso se supera con un poco de tiempo, de confianza  y de conocimiento mutuo entre las partes. También es posible que en operaciones de pequeñas cantidades, se tenga que utilizar los incómodos billetes. Tampoco se necesita  viajar de regreso con un solo dólar. Basta tener una cuenta en dólares en Miami o en Panamá, o en cualquier otro lugar del mundo. Después de negociar los términos de esa operación de compra venta– es decir, definir precios y cantidades - incluso visitando varios operadores cambiarios para ver si hay diferencias gruesas entre uno y otro, el ciudadano de Vencer transfiere electrónicamente la cantidad acordada de moneda de Vencer a una o varias cuentas, en bancos de Vencer, que son propiedad de la contraparte de Colon o de sus amigos. El hombre de Colon, a su vez, transfiere los dólares acordados a la cuenta en dólares en el tercer país que se le indique. 

Como resultado de toda esta operación el hombre de Vencer se deshizo de la moneda de su país y adquirió los ansiados dólares que le fueron depositados en una cuenta en el exterior, y sobre la cual puede girar con bastante libertad desde cualquier país del mundo. El hombre de Colon, a su vez, se deshizo de los dólares y adquirió grandes cantidades de la moneda del país vecino, depositadas en los propios bancos de Vencer.

Para el hombre de Vencer puede que la operación termine allí. Pero para el hombre de Colon la cosa recién empieza. Él no tiene ningún interés en acumular, o  ahorrar,  o ganar en moneda del país vecino, pues es una moneda que pierde valor rápidamente. Solo la acepta y la mantiene transitoriamente pues ha decidido, con ese dinero,  comprar mercancías en Vencer. Cualquier tipo de mercancías. Mientras más  barata y más subvencionada, tanto mejor. Ocupa para ello, desde luego, la cantidad de moneda de Vencer que obtuvo con la operación anterior. El problema ahora es trasladar esa mercancía hacia Colon.  Si la ganancia que espera obtener en Colon con la venta de esa  mercancía es suficientemente grande – lo cual depende de lo barata que sea esa mercancía en Vencer- entonces es posible alquilar los servicios de una gran cantidad de personas, de diferentes oficios y poder económico,  que bajo diferentes pretextos y formas, logren trasladar esa mercancía - en camiones, o en bicicletas, o sobre los hombros, o como sea -  hacia el otro lado de la frontera.  El negocio es tan bueno que se puede compartir las ganancias con esa extendida y heterogénea masa de colaboradores. Esa mercancía se incorpora rápidamente a los circuitos comerciales de Colon, se vende en la moneda local y se transforma en dólares para volver a iniciar su ciclo con los ciudadanos de Vencer que tienen un apetito insaciable por la moneda verde. Todo este conjunto de operaciones comerciales fronterizas se pueden llevar adelante gracias a que en Colon existe la posibilidad de comprar dólares con cierta libertad, y a que en Vencer esa posibilidad es bastante escasa para el común de los ciudadanos. Nada de esto tendría sentido, tampoco, si en Vencer no se pudieran comprar  mercancías bastante más baratas no solo que en Colon, sino que en cualquier otra parte del planeta. Por último, para que todo este sistema funcione se necesita que las mercancías puedan ser transportadas de uno a otro lado de la línea fronteriza, gracias a la cooperación de varios cientos de personas que hacen su aporte como para que ello se haga posible.

Podemos sumar a  todo lo anterior – como un elemento marginal -  que existen, a un lado o al otro de la frontera, algunos actores con buena práctica en páginas web, en redes sociales  y/o en  producción audiovisual - que pueden ser independientes o no de los cambistas propiamente tales – y que  tienen capacidad de enterarse diariamente del precio al cual se realizan las operaciones de cambio entre la moneda de Vencer y los dólares de Colon – dato que por lo demás no es ningún secreto en Colon -   y la publican en los canales correspondientes, causando las iras de los gobernantes de Vencer. Hasta aquí la historia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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sábado, 6 de junio de 2015

LA INVERSIÓN ECXTRANJERA DIRECTA

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en EL MUNDO ECONOMIA Y NEGOCIOS el día 3 de junio de 2015)


Venezuela contó durante muchos años  con una ley de promoción y protección de la inversión extranjera – promulgada en 1999- con la cual se pretendía atraer y dar seguridad  jurídica a los eventuales capitales extranjeros que se radicasen en el país. Esa ley - que en realidad era un decreto presidencial con rango y fuerza de ley - fue promulgada por el ex Presidente Hugo Chávez en uso de las primeras  facultades extraordinarias que le concedió el parlamento venezolano. No se trataba, por lo tanto, de una imposición del órgano legislativo – como a veces sucede en democracia - sino de una decisión libre y soberana del poder ejecutivo. Además, estaban vigentes en el país las disposiciones que en esta materia había acordado la Comunidad Andina de Naciones.

A pesar de ello, las cosas en materia de relaciones con los inversionistas extranjeros tuvieron en los años posteriores una evolución un tanto conflictiva. Por un lado, se protagonizaron una serie de expropiaciones o nacionalizaciones en las cuales se han visto involucradas varias empresas extranjeras con inversiones en Venezuela. Muchas de esas empresas, amparándose en la ley decretada por el Presidente Chávez, apelaron al CIADI, organismo de arbitraje que forma parte de la institucionalidad del Banco Mundial, donde se llevan adelante hasta el día de hoy varios juicios o arbitrajes para dirimir los eventuales montos de indemnización que el Estado venezolano debería pagarle a las empresas en cuestión.  Posteriormente, Venezuela decidió salirse del Ciadi, para evitar que los futuros afectados tuvieran una instancia, supuestamente parcializada, donde apelar en caso de expropiación. Ese abandono del Ciadi no impide, en todo caso, que este organismo mantenga su rol como árbitro frente a los casos que se presentaron a su consideración en los períodos en que Venezuela todavía estaba sujeta a su autoridad. La ley misma, promulgada por el Presidente Chávez, donde se establecía la competencia del Ciadi, fue derogada y reemplazada por un nuevo decreto con fuerza y rango de ley con fecha de noviembre de 2014.  Hoy en día, los nuevos  inversionistas que decidan radicarse  en Venezuela no tienen sino los tribunales venezolanos como órganos judiciales a los cuales recurrir en caso de que tengan conflictos con el ejecutivo.

Todos estos antecedentes vienen al caso pues las últimas estadísticas  publicadas por la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, muestran que en el año 2014 Venezuela recibió una cantidad sumamente modesta de inversión extranjera. Escasamente 320 millones de dólares.  Los países de la región que en mayor medida fueron receptores de inversión extranjera directa fueron Brasil, con 63.996 millones de dólares, México con 22.795 millones de dólares, Chile con 19.268 millones de dólares y Colombia con 16.054 millones de dólares. En la América del Sur, los receptores más modestos son Paraguay con 236 millones de dólares, y Venezuela, con la cantidad ya mencionada. Incluso en la América Central  países más pequeños en dimensiones geográficas, económicas y demográficas, como Guatemala o Panamá, recepcionaron montos de 1.396 millones de dólares y 4.719 millones de dólares respectivamente.

Hay  que tener en cuenta, para entender cabalmente esas cifras, que las utilidades que las  empresas extranjeras no remesan a sus países de origen, sino que las reinvierten en el país sede, son contabilizadas también como nueva inversión extranjera. En Venezuela, como las empresas extranjeras han tenido dificultades para obtener los dólares que les permitan remesar sus utilidades, muchas de ella optan por reinvertirlas en el país –para no tener ese dinero ocioso y en proceso de desvalorización – lo cual pasa en muchos casos por la compra de de apartamentos de lujo y/o la construcción de centros comerciales.

En los últimos días el Presidente Maduro ha informado al país que Rusia llevará adelante grandes inversiones en Venezuela. Se habría convenido un monto de 14 mil millones de dólares para llevar adelante inversiones en petróleo y gas, con lo cual se espera duplicar en un futuro cercano la producción de petróleo. La información de prensa sobre esta materia es breve y no indica la cantidad de años en la cuales se materializará esta voluminosa inversión rusa. Es dable suponer que no será un año o dos, pues la economía nacional y la propia industria petrolera no siempre están en condiciones de digerir un volumen tan grande de nueva inversión extranjera en un período breve de tiempo.  Siendo esta una noticia sin duda positiva, cabe sin embargo preguntarse si esas cuantiosas inversiones en el ámbito petrolero y gasífero fueron objeto de una licitación  internacional, abierta y transparente  o, tal como parece, fue objeto de una mera negociación directa de país a país. Y aun cuando así sea, ¿es posible conocer el texto de dicha negociación?  También cabe preguntarse por las condiciones que se le aseguran a dichos inversionistas rusos. Por ejemplo, es lícito preguntarse si los capitales que ellos traigan al país se liquidarán a tasa Simadi, o a alguna tasa particular que se establezca para estos efectos. Igualmente, si las remesas que esa inversión quiera, al cabo de los años correspondientes, remesar a su país de origen serán objeto de la misma tramitación que cualquier otra inversión extranjera, es decir, largas esperas para obtener los dólares correspondientes, o gozaran de mecanismos más expeditos. ¿Vendrán a asociarse con Pdvsa en proyectos extractivos y/o productivos? ¿Cuánto capital tendrá que poner Pdvsa para hacer de contraparte del capital ruso? ¿Cuáles serán las proporciones entre capital ruso y venezolano en las nuevas empresas que se establezcan? ¿Será rusa la gerencia general? ¿Serán inversiones fundamentalmente en petróleo o en gas? ¿Hay cláusulas respecto al destino del petróleo o del gas que se produzca a partir de estas nuevas inversiones?

Siendo Venezuela un país que recibe tan poca inversión extranjera directa, tal como muestran las estadísticas regionales, la recepción de un volumen tan grande es algo que no puede menos que llamar la atención y sobre lo cual el país debería ser cabalmente informado.
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VENEZUELA RASPADA EN COMPETITIVIDAD

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición impresa de TAL CUAL el día 5 de Junio 2015)


Este asunto de la competitividad se refiere a la situación relativa de un agente productivo con respecto a otros especímenes de la misma especie. Una empresa puede haber ganado en calidad y haber bajado sus costos, y pensar, por lo tanto,  que su situación en el mercado le arrojará crecientes ganancias. Pero si las empresas con las cuales compite en el mercado producen una mercancía en que la mayor calidad es más manifiesta y además las mejoras tecnológicas y administrativas han hecho bajar los costos en mayor medida que en la primera empresa mencionada, entonces lo más probable es que la primera empresa haya retrocedido con relación al resto de sus competidoras. En otras palabras la primera empresa está   - de acuerdo a todos los indicadores de calidad, de costos, de tecnología y de administración  - mejor que antes, pero puede que su situación competitiva haya disminuido hasta una situación en que puede estar a punto de salir del mercado. No basta por lo tanto, con avanzar y ser mejor. Hay que avanzar en  forma más rápida, más visible y más profunda que las otras empresas que participan en el mercado. Algo parecido sucede con los países. Hoy en día todos los países compiten entre si para que sus productos sean más baratos, más originales, más avanzados tecnológicamente y de mejor calidad que los  productos de la misma especie producidos por otros países. Cada uno trata de producir más y mejor para poder vender más en el mercado internacional, para comprar menos o para comprar en forma más selectiva solo aquellos bienes que no puede producir internamente. Por todo ello es importante pasar revista a los indicadores  que muestran el grado de competitividad  internacional de los diferentes países.

El Institute for Management Development, de Suiza, elabora anualmente el Índice de Competitividad Mundial, en el cual analiza la situación competitiva de 60 países. De acuerdo a dicho estudio Estados Unidos ocupa, en el 2015,  el primer lugar en cuanto a competitividad mundial y Venezuela ocupa el último lugar. A nivel latinoamericano Chile es el país mejor rankeado y se ubica en el lugar 35. Le sigue México, en el lugar 39, Colombia en el 51, Perú en el 54 y Brasil en el 56.

Es dable suponer que no es fácil ser competitivo cuando la electricidad se  va durante varias horas diarias en la capital del país, o donde la administración pública tiene que trabajar media jornada, o donde hay grandes dificultades para importar las materias primas e insumos que se necesitan para producir, o donde  hay un ataque sistemático al sector empresarial, o donde hay que pedir autorización para mover un tomate desde el productor hasta el supermercado.

En este campo de la competitividad internacional, los países no compiten por puro espíritu deportivo. En el implacable sistema comercial internacional contemporáneo, no ser competitivo implica un deterioro de la calidad de vida de la población y un mayor esfuerzo nacional para permanecer donde mismo.
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lunes, 1 de junio de 2015

POBREZA Y DESIGUALDAD

(Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición digital de TAL CUAL el día 28 de mayo de 2015.)


Pobreza y desigualdad son dos problemas diferentes que enfrentan las sociedades contemporáneas. No se trata del mismo fenómeno, y ni siquiera de fenómenos que caminen en la misma dirección.

La pobreza se refiere- en la terminología imperante en América Latina, que no es la misma que la imperante en Europa – a una situación en la cual los individuos que la  padecen no tienen condiciones como para adquirir en el mercado una cantidad de bienes y servicios necesarios como para llevar una vida digna. Se habla en nuestros países de la pobreza y de la extrema pobreza. Los extremadamente pobres son aquellos que ganan una cantidad igual o menor que la necesaria para adquirir una canasta básica de bienes con los cuales se puede subsistir. Los pobres son los que ganan dos veces esa cantidad, o menos.  La pobreza y la extrema pobreza han venido disminuyendo en el mundo, en América Latina y también en Venezuela en los últimos 20 años. La comunidad internacional incluyó entre los grandes objetivos del milenio ciertas metas  explicitas con relación a la reducción de la pobreza y de la extrema pobreza, y la mayoría de los países han cumplido esas  metas, aun cuando en los últimos dos o tres años esa tendencia positiva comienza a revertirse en muchas partes del mundo. Para América Latina en su conjunto la pobreza pasó de un 43.8% de la población  en 1999, a un 28.1 % en el 2013. Para Venezuela en particular, ese indicador pasó de un 49.4 % de la población en el 1999, a un 32.1 % de la población en el 2013, pasando por de 25.4% en el 2012, según datos de la Cepal.

La desigualdad es una cosa diferente. Hay sociedades donde no hay nada parecido a la pobreza - en los términos en que la definimos en América Latina - pero hay desigualdades de ingresos entre los diferentes ciudadanos del país, de modo tal que algunos ganan mucho y otros ganan muy poco. Esa desigualdad, así entendida, ha venido creciendo en los últimos 20 años, en los países pertenecientes a la  OCDE – los más desarrollados del mundo contemporáneo – según un estudio reciente de dicha organización.
Países como China y la India han logrado resultados espectaculares en materia de reducción de la pobreza, y eso indudablemente pesa en los promedios mundiales. Pero América Latina también ha reducido en forma sustantiva sus niveles de pobreza y de extrema pobreza en las últimas décadas, tal se refleja en las cifras señaladas anteriormente.  Pero es enteramente posible que la desigualdad  haya crecido en todos y cada uno de esos países o regiones mencionadas. 

Es decir, hay países donde la pobreza puede decrecer, pero al mismo tiempo puede aumentar la desigualdad. Se trata de países donde hay crecimiento de la producción o de la riqueza disponible y los pobres viven mejor y/o abandonan su condición de tales. Pero hay al mismo tiempo una manifiesta inequidad en la distribución de esa riqueza. Los pobres son menos pobres, pero los ricos son mucho más ricos, y la brecha entre unos y otros es más amplia.

Pero hay también países donde la pobreza puede aumentar y al mismo tiempo aumentar la desigualdad, lo cual sería la peor de todas las circunstancias posibles. Se trata de países donde los pobres son cada vez más pobres y los ricos son cada vez más ricos, creciendo por lo tanto la brecha entre ambos.

Lo ideal sería, sin lugar a dudas, un tipo de crecimiento en el cual junto con mejorar las condiciones de ingreso y de existencia de los más pobres, se redujera también la distancia entre los sectores de menores y de mayores ingresos. Pocos países hay que hayan caminado  en forma sostenida en esa dos direcciones, pero sigue siendo una meta presente en el ideario progresista de la humanidad contemporánea.

Todo parece indicar que la sociedad de mercado no camina por si sola ni en dirección a una mayor equidad - es decir, hacia una reducción de la desigualdad - ni hacia una mera reducción de la pobreza. El conseguir esas metas exige del accionar expreso del Estado como redistribuidor de ingresos y como generador de oportunidades. En otras palabras, se necesita de una política tributaria que grave más a los que más tienen, y de una política de gastos, fundamentalmente en educación y salud, que permita eliminar desde la infancia las desigualdades de oportunidades que van desde temprana edad manteniendo en la pobreza a los que provienen de familias pobres.  

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