viernes, 9 de diciembre de 2016

ME PASÉ PARA LA ULTRAIZQUIERDA


(Artículo de Sergio Arancibia publicado en la edición  impresa de TAL CUAL el día 8 de Diciembre de 2016)

Cuando entramos a militar en los partidos de la izquierda - hace ya unas cuantas décadas atrás - cultivábamos una solidaridad franca y sincera con los presos políticos que en cualquier rincón de América Latina, se desangraban o se malgastaban en las cárceles de las dictaduras militares o civiles que jalonaban la geografía política del continente. Sin embargo, tendíamos a ser bastante complacientes o indiferentes frente a la realidad de los presos políticos que sufrían idéntica suerte en aquellos otros países del globo que proclamaban su adhesión a los altos y generosos ideales del socialismo, o que por lo menos eran amigos o aliados de aquellos países que se proclamaban socialistas.  Los unos eran mártires que sufrían la privación de su libertad por adherir a las causas más nobles por las cuales se podía luchar en nuestra sufrida América. Los otros eran unos reaccionarios que no querían adherir a la nueva sociedad que se abría paso en medio de los dolores del parto histórico, y que consciente o inconscientemente se convertían en aliados del imperialismo y de la reacción internacional.
Ahora, en mi madurez biológica - y creo que también en mi madurez política - creo que he ampliado mi rango que solidaridades: soy solidario con todos los presos políticos, con todos los presos de conciencia, y con todos los que permanecen presos por expresar sus ideas, donde quiera que ellos se encuentren, y sea quien sea el culpable de su encarcelamiento.  Si antes era izquierdista y era solidario con unos pocos, ahora debo ser ultraizquierdista al ser solidario con todos los presos políticos existentes en todas las cárceles del planeta.  La libertad de conciencia va estrechamente unida a la libertad de expresión. Tener libertad de pensar lo que uno quiera, pero no tener libertad de expresar o compartir esas ideas con otros ciudadanos, es también una negación de libertades que deben ser intrínsecas e inalienables del ser humano.
Lo mismo que pienso con relación al encarcelamiento, lo pienso con relación a la tortura, en cualquiera de sus formas – físicas o sicológicas. Si antes pensaba que los malos no debían torturar ni encarcelar a los buenos, pero no éramos igualmente exigentes en términos de oponernos a que los buenos torturaran a los malos - en aras de los más altos valores de la humanidad - hoy en día proclamo claramente que nadie puede atribuirse el derecho a torturar a nadie, y me pongo en contra de todos los torturadores y al lado de todos los torturados. No hemos luchado durante décadas para ganar el derecho a torturar a los que nos torturaron, sino para construir un mundo en que la tortura esté totalmente erradicada.
Igualmente, en mis años juveniles, era un opositor implacable de los regímenes no democráticos, de los cuales habían muchos en toda nuestra América. Las dictaduras militares o los gobiernos encabezados por un civil, pero con apoyo sustantivo y represivo de los militares, eran centro de los ataques políticos de nosotros los izquierdistas de esos años. Pero no éramos igualmente tenaces en la lucha contra los regímenes civiles o militares que en otras partes del planeta habían olvidado hace mucho tiempo lo que eran las elecciones libres, las libertades civiles, el funcionamiento de la prensa libre, los tribunales independientes o los parlamentos plurales. Aun cuando no usábamos esa terminología, había para nosotros dictaduras buenas y dictaduras malas. Ahora, después no solo de muchos años, sino también de muchas experiencias políticas propias o ajenas, creo que he ampliado el campo de los regímenes que no me gustan, y creo que no me gustan los gobiernos represivos y antidemocráticos cualquiera que sea la filosofía con la cual adornan su accionar. Debo, por ello, ser más izquierdista que antes, es decir, ultraizquierdista.

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